jueves, 14 de enero de 2016

Rescatar a Ciudad Bolívar Pide el crítico de arte Rafael Pineda



Ciudad Bolívar, 30.06.68 Especial
Humboldt se equivocó, dice el escritor bolivarense.
El sa­bio, a quien las calenturas tro­picales postraron durante Abril de 1800 en Angostura, compartió, en el trapiche de los Farreras donde fue trasladado, la conva­lescencia con la admiración del fruto del pan y del mango. En parte probablemente por su mis­ma salud delicada le parecería muy accidentado el viaje desde la eminencia de la ciudad, don­de se hospedaba en la casa del Gobernador Inciarte, la de los balcones que hoy asoman a la Plaza Bolívar, y límite de la cuarta Santo Tomás de Guayana
que por entonces tenía 6.000 ha­bitantes. Más allá la colina se­guía empinándose, de pronto descendía en rocosas depresio­nes, e iba a morir en los Mori­chales cuya feracidad y distan­cia del centro poblado hacía más admirable la aplicación de mé­todos agrícolas avanzados, el es­fuerzo de la civilización por pe­netrar la naturaleza virgen, a la productividad del trapiche en que el enfermo recibió las aten­ciones de Félix Farreras, futuro Comandante de Armas e Inten­dente de Guayana. Dedujo en­tonces Humboldt que la funda­ción de la provincia sobre un peñasco interrumpido al Norte por el Orinoco y al Sur por los farallones, carecía de posibilida­des "para ampliarla". Pero la ciudad no sólo terminó domi­nando la abrupta y entera topo­grafía, sino que hoy, cuando an­da por los 130.000 habitantes o más, ya sobrepasó los Morichales y avanza resuelta y vertiginosamente, hacia la selva y quien sabe si algún día alcan­zará las márgenes del Caroní. En este punto la timidez de vi­sión que por una única vez le escamoteó el juicio al científico es superada por su habitual agu­deza, aquella que predijo para Venezuela y particularmente pa­ra la región guayanesa "grandes destinos" en base a sus recursos naturales y su posición geográ­fica.
El casco de la ciudad, ya sin­gularizado por construcciones "altas, agradables" en la roca viva para el tiempo de la visita humboldiana, acentuó su fisono­mía efe terrazas escalonadas, los "miradores" como dicen los bo­livarenses, ninguna más alta que la ¡otra, dispuestas de acuerdo a la necesidad de cada quien, de recibir aire y de disfrutar del es­pectáculo del Orinoco. Esta Inteligencia urbanística se expresa con particular gracia y funcio­nalidad en los balcones que co­rren a lo largo de El Paseo y del río, protegidos por una flora de hierro barroca, neoclásica y Ii­berty, con la cual se mezclan a ratos anagramas o los apellidos de los dueños, y levantados sobre columnas culmi­nantes en algunos casos en un incipiente diseño de capitel co­rintio. De todo este conjunto es­tilísticamente unitario resulta el sello típico de la ciudad, el que la distingue del resto de Vene­zuela y para los propios y ex­traños constituye su divisa in­confundible.
Esos rasgos peculiares, tan acentuados por obra de la his­toria o del tiempo, están ahora corriendo el riesgo de desapare­cer o de ser deformados en su íntima esencia. Por ejemplo, el chofer que del aeropuerto me conduce al hotel, me impuso de la reciente disposición municipal que por poco da al traste con la vieja aduana, un edificio de dos pisos de derivación neoclá­sica considerado siempre entre los que mayormente contribuían a definir el carácter de la ciu­dad. El Concejo votó la demoli­ción de la poderosa fábrica para substituirla con locales para el comercio detallista. El clamor público superó el rugido de las intervenciones temerarias y quiere imitar en las co­lumnas un efecto marmóreo que no venía al caso. Pinturas "pom­pier", del más relamido figura­tivo, embadurnan el coro, el altar y el bautisterio. De todo lo cual resulta la transformación de un sereno mundo místico en un verdadero infierno de mal gusto, manía de transformación tam­bién alcanzó a La Escalinata cu­yas gradas de cemento romano y barandas alegóricas removió un albañil sin imaginación como el que lo instruyó para llevar a cabo semejante despropósito, y en su lugar, lo que fue "cami­no de las nubes" para varias generaciones de niños bolivaren­ses, construyó un graderío bur­do, ordinario, mal acabado, que por otra parte presenta la pecu­liaridad de tener cada escalón más ancho que otro, y rematado con unos bancos de cementerio.
Lo único genuino que resta de tan poética vía, para ejercitar el espíritu de altura de la in­fancia 1 y de los adultos) es una roca lateral donde los presos gra­baron, con sangre  una inscripción que dice: "Viva Gó­mez fundador de la paz en Ve­nezuela 1936".
La bien planeada remodelación de El Paseo concluida última­mente, ha servido para realzar más el que puede considerarse el boulevard panorámico más bello de Venezuela. Actualmente se construye su prolongación que incorporará el Puerto de Blohm y a la Laja de la Sapoara, con lo que ofrecerá nuevos ángulos para observar la imponencia del puente que se proyecta como el símbolo del progreso de la re­gión, del Sur, de la Venezuela a la que sirve. De acuerdo con los comentarios oídos, parece ser que el Ministerio de Obras Pú­blicas y el Concejo Municipal no se ponen de acuerdo sobre quién tiene la responsabilidad de man­tener los jardines y arboledas de El Paseo. Muchas de las jardi­neras, frente al Hotel Bolívar por 'ejemplo, esperan la siembra, los peatones circulan por ellas libre e indiferentemente, mien­tras un poco más allá las plan­tas bajo el sol implacable espe­ran riego de un río que fluye al alcance de la iniciaba en la casa exportadora (de Alemania, Holanda, Francia, Inglaterra, Italia, España), y concluía sin intermediarios en los depósitos del importador.
En efecto, desde mediados del siglo pasado Ciudad Bolívar acumuló en sus almacenes y dis­tribuyó a los Estados vecinos, mercancías del mundo entero. El servicio de caleta, el mismo que ahora bosteza en el silencio de la nueva aduana, no se daba abasto para atender a la entra­da y salida de trasatlánticos, lo mismo que de los costaneros que unían a la ciudad con los prin­cipales puertos de la República. Era obligatorio retirar las mer­cancías el mismo día del desem­barco porque el arcaico muelle carecía de espacio para deposi­to. De acuerdo con la polí­tica del "varter", la región des­pachaba a cambio de lo que re­cibía, toneladas de caucho, pen­dare, balata, sarrapia, cueros. No todo exportador actuaba hones­tamente. Se cuenta, por ejem­plo, de comerciantes que mez­claban piedra con el balata, o aumentaban el peso de /os cue­ros cubriéndolos de arena y ba­ñándolos con baba de guásimo. Ante estas prácticas ilícitas. el comercio exportador se vio obli­gado a publicar avisos en la prensa local alertando a los au­tores del fraude. Y más expedita una casa alemana construyó un aparato provisto de una cuchilla para cortar las planchas de ba­lata antes de aceptarlas para su expedición.
Tal vez la restauración del movimiento portuario de Ciudad Bolívar está en manos del nue­vo administrador de la aduana, Pedro Bilancieri, quien actual­mente se dedica a estudiar las causas de la situación, promo­verá reuniones al respecto con la Cámara de Comercio y los demás sectores, y ha declarado que no descansará 'hasta el día que nieta un holandés", o sea, hasta que se restablezca la co­municación de Ciudad Bolívar con el mundo. Ese día, continúa Bilancieri, lo declarará de júbi­lo.







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